ALTAR DE DOLORES



HISTORIA DE LOS ALTARES DE DOLORES

Es una tradición muy extendida en México durante los siglos XVII, XVIII y XIX: los altares dedicados a la Virgen de los Dolores; patrona de los hogares, confidente de las aflicciones domésticas y defensora de la honra familiar, se realizaban los Viernes de Pasión o el sexto Viernes de Cuaresma en los templos y en las casas.

FESTEJO EN GUANAJUATO

La veneración a la Virgen de los Dolores, según la Iglesia Católica, se realiza el último viernes de Cuaresma, día en el que se conmemoran los 7 dolores que vivió la Virgen María durante la muerte de su hijo Jesucristo.

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En la ciudad de Guanajuato, la remembranza se realiza a través de altares levantados en honor a la Virgen de los Dolores, en los que se regala agua o nieve que simbolizan las lágrimas de María, y cuyo montaje se ha convertido en toda una tradición que llena de colores y aromas florales al centro de la ciudad.

El origen de la tradición del Viernes de Dolores en Guanajuato, se remonta posiblemente a los principios del siglo XVII, cuando los franciscanos realizaban en las calles representaciones de Semana Santa, y se adoraba a la imagen de la Virgen de los Dolores que se encontraba en un nicho frente a los templos de hospitales, sobre el callejón conocido hoy como Subida de Hospitales. Debido a su ubicación, es muy probable que la imagen fuera visitada de manera constante por los pacientes o familiares para elevar plegarias y ofrendar flores.

Dicha tradición, de más de 400 años en México, se adoptó como costumbre de la Nueva España, con un simbolismo en la que los pueblos nativos relacionaron la Pasión de Cristo y el sufrimiento de la Virgen, con los ritos prehispánicos de fertilidad de la tierra, debido a que el periodo de siembra coincide con las actividades de Semana Santa, por ello, integraron elementos agrícolas; como semillas de trigo, alpiste, cebada o amaranto a los Altares de Dolores.

Hoy esta tradición se sigue haciendo en México con la intención de rememorar los sufrimientos de la Virgen. Es por ello que diversos museos pertenecientes al Instituto Nacional de Antropología e Historia, cuyas sedes en el pasado fueron conventos, aún mantienen viva esta costumbre que comenzó en el país en 1519, cuando el fraile Bartolomé de Olmedo, quien acompañaba a Hernán Cortés, erigió en San Juan de Ulúa, Veracruz, el primer altar del continente americano.